Desde Dubái, Emiratos Árabes Unidos, se reporta una creciente tensión entre Estados Unidos e Irán, que surge en el marco de las recientes protestas que sacuden la República Islámica. En una escalada notable el viernes, el expresidente norteamericano Donald Trump emitió advertencias contundentes a Teherán, ante un escenario donde las movilizaciones sociales —provocadas principalmente por la grave crisis económica que enfrenta el país y la abrupta depreciación de su moneda, el rial— comienzan a expandirse por varias regiones.
Trump utilizó su plataforma Truth Social para comunicar que Estados Unidos intervendría si Irán emplea violencia letal contra manifestantes pacíficos. “Si matan violentamente a manifestantes pacíficos, Estados Unidos acudirá a su rescate”, afirmó, manteniendo un tono de firmeza aunque sin especificar detalles adicionales sobre la naturaleza o alcance de dicha intervención. En paralelo, se registra un saldo de al menos siete fallecidos vinculados a los disturbios y las protestas derivadas del colapso financiero interno.
En respuesta, Ali Larijani, quien fuera presidente del Parlamento iraní y actualmente ocupa la secretaría del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, emitió un mensaje contrapuesto a través de la red social X. Larijani apuntó directamente a Israel y Estados Unidos como actores que avivan y fomentan las protestas, acusación recurrente por parte de la dirigencia iraní en episodios similares de agitación popular. Sin aportar evidencias, manifestó que la implicación extranjera en asuntos internos solo desencadenaría caos regional y la destrucción de intereses estadounidenses, subrayando además que Estados Unidos debe preocuparse por sus propios soldados debido, según él, a la política intervencionista iniciada por Trump.
Esta comunicación tiene lugar en un contexto donde la amplia presencia militar estadounidense en cercanía a Irán es un factor constante de tensión. El lanzamiento de ataques estadounidenses en junio contra instalaciones nucleares iraníes provocó, en represalia, un ataque de Irán a la Base Aérea de Al Udeid en Qatar, vinculado a las hostilidades que vivió la región durante un conflicto de doce días entre Israel e Irán.
Asimismo, Ali Shamkhani, asesor del líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, y exsecretario del mismo consejo, emitió advertencias severas al declarar que cualquier intento de intervención externa que comprometa la seguridad iraní será respondido con firmeza. En un vistazo crítico a las experiencias pasadas, citó que el pueblo iraní conoce muy bien las consecuencias de las intervenciones estadounidenses en países como Irak, Afganistán y Gaza, dejando implícita una advertencia sobre el impacto y las repercusiones de una eventual intervención externa.
Las manifestaciones, que hasta ahora cumplen seis días consecutivos, son las más significativas desde 2022, cuando la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial generó protestas a nivel nacional. Sin embargo, en comparación, las actuales protestas no han alcanzado todavía un nivel de intensidad ni una difusión geográfica tan amplia como las movilizaciones que siguieron a aquel suceso, relacionado con el uso obligatorio del hijab.
Dentro del gobierno civil iraní, bajo la presidencia reformista de Masoud Pezeshkian, se ha expresado una intención de diálogo y negociación con los participantes de las protestas, aunque con un limitado margen de maniobra debido a la deteriorada situación económica. Pezeshkian reconoció la depreciación acelerada del rial, que ahora se cotiza a aproximadamente 1,4 millones de riales por dólar, un factor desencadenante clave de las manifestaciones.
Estas protestas iniciaron por cuestiones económicas, pero también han incluido consignas de rechazo a la teocracia y el modelo político vigente. En este marco, Irán ha declarado tras la guerra regional que ha cesado el enriquecimiento de uranio en todas sus plantas, intentando mostrar una apertura a negociaciones con Occidente para aliviar sanciones, aunque tales conversaciones no se han materializado aún, en parte debido a las advertencias firmes de Trump y del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en contra de la restauración del programa nuclear iraní.